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28 septiembre 2011

III. ANA ENTRA EN ESCENA, CASI SIN QUERER.


De a poco me empecé a interesar un poco más por mi aspecto físico. Mis
compañeras, aunque no eran lindas, tenían cuerpos espectaculares para nenas de trece
años. Me sentía bastante mal: primero Verónica y Enrique y ahora mis viejos que me
llevaban al nutricionista sin razón aparente. En realidad existían razones pero nadie me
las había explicado. Creo que yo no entendía que estaba excedida de peso. ¿Nunca les
pasó estar con alguien muy hermoso? Ver a esa persona, escucharla hablar, seguir cada
uno de sus fascinantes gestos, admirar su belleza… y más tarde mirarse en el espejo y
darse cuenta de que uno es horrible y que estuvo creyéndose bello simplemente porque
estaba mirando a alguien lindo que resultó no ser uno. Bueno, si nunca les pasó significa
que estoy muy mal de la cabeza. Pero a mí me pasa eso. Y como a mi alrededor todos
eran flacos yo simplemente daba por supuesto que yo también lo era y me olvidaba de
verme al espejo, o no quería verme al espejo, o veía otra cosa en el espejo (como me
pasó mucho tiempo después pero desde un ángulo completamente diferente). De
cualquiera manera, mis papás me estaban llevando compulsivamente al nutricionista.
Yo no entendía muy bien qué pasaba, por qué el médico me pesaba y me preguntaba
qué me gustaba comer. Entraba llorando y salía aún peor.
Quizás por eso detesto a los médicos. Uno los frecuenta cuando está mal, o
cuando tiene un pariente enfermo. Son como aves de mal augurio. Nunca los pude ver
como se ven ellos, con su ego infinito: salvavidas. Como los de la playa pero MUCHO
mejores porque ellos ESTUDIARON mucho para conseguir el TÍTULO. Bah…
farsantes. Cretinos. Inmiscuyéndose en la vida de la gente: sobretodo los nutricionistas
y los psicólogos. Y, hablando en serio, el 98 por ciento de las chicas anoréxicas y
bulímicas que conocí en mi vida (y créanme que fueron muchas) quieren estudiar o

estudian nutrición. Por favor, give me a rest. Son TAN obvias. Ser anoréxica y estudiar
nutrición es un cliché tan trillado que es hasta espasmódico. Cambiemos de tema.
Que me llevaran al nutricionista era una puñalada en el dedo chiquito del pie
pero quizás me ayudó a ver la realidad que mi materia gris negaba a muerte: sí eran feos
los peinados que me hacía mi mamá y sí era gorda. Pero de eso me di cuenta un verano
no muy placentero.
Supongo yo que mis problemas alimenticios siempre tuvieron mucho que ver
con lo que estaba pasando en mi cabeza. Es decir: yo no tenía problemas de depresión
porque era anoréxica sino que era anoréxica a raíz de que tenía problemas de depresión.
Porque, seamos sinceros, una persona feliz no deja de comer durante x cantidad de días.
Una persona feliz y despreocupada, una persona “normal” (si es que existe aquello) no
cuenta cada caloría: simplemente come. Y en última instancia, si engorda hace dieta
NORMAL y tema acabado. Como ya se habrán enterado, normal no es una palabra que
pegue mucho conmigo. Interferencia. Como cuando querés ver una película en tv
satelital y está lloviendo. “Detectando antena, por favor espere”. Eso me decía mi
cerebro cuando yo intentaba ser normal. No puedo, imposible. Y esperé demasiado
tiempo. Fingí demasiado tiempo, hasta que exploté. Pero como digo yo: es temprano
aún para eso.
Hablaba del viaje que inició todo. O que fue el primer indicio de que algo me
estaba pasando y que no se iba a solucionar tan fácilmente. Cambiándome de colegio
quizás podría encontrar amigas pero no podía cambiarme de vida. Eso era más
complicado y hasta imposible. Ya les contaré acerca de eso.
Corría el verano de 1998 y mis padres decidieron que nuestras vacaciones serían
en Punta del este, Uruguay. Supongo que es por causa de esas vacaciones que detesto
Uruguay. Siempre odié la playa. Presumo que porque para las gordas es muy incómodo

estar cerca del mar, rodeadas de personas flacas, bronceadas y demás adjetivos que
nunca se usan aplicados a nosotros los gordos. Pero a eso se había sumado mi problema
de celos. Mis padres decidieron que además de nuestra familia (papá, mamá, hermana,
hermano y yo) fuese también una de mis primas: Déborah. Tiene mi misma edad y nos
llevábamos bastante bien, el tema era que yo nunca entendí qué tenía que hacer mi
prima ahí de vacaciones con nosotros. Es decir, si ella tenía su propia familia ¿Por qué
veraneaba con la mía? Cosas de chicos, supongo.
Si hablamos en serio tengo que decir que todavía me asustan dos cosas más que
nada en el mundo (es decir, de las cosas que se me ocurren ahora). Y esas dos cosas son
el abandono y el reemplazo. Los dos por igual. En realidad son casi lo mismo. Toda la
vida me sentí reemplazada y lo cierto es que no sé luchar cuando me están desplazando.
Cuando llega a mi familia, a mi grupo de amigas o a mi vida un par, simplemente opto
por retirarme, siento que no puedo ser competencia de nadie. El tema acá sería
preguntarse por qué me siento amenazada cuando estoy entre pares, entender por qué
tengo esa necesidad de competencia que para mí antes de comenzar ya es desleal.
Así que llegamos a Uruguay con mi prima y demás integrantes de MI familia.
Mi cara de disgusto es poco disimulable y mis ganas de cambiarla eran pocas así que
simplemente me quede como estaba, pero no por mucho tiempo. Llegó la hora de ir a la
playa. Mientras todos preparaban sus bolsos con los trajes de baño, toallas,
bronceadores y otras yerbas yo me quedé pintando en el living como si no me hubiera
percatado del movimiento familiar. Cuando llegó la hora de subirse al auto e irse a la
playa yo sencillamente dije que me iba a quedar. En realidad lo importante y anecdótico
es que uno a los trece años piensa que es adulto y puede manejar situaciones y personas
a gusto. Y es así, en muchos de los casos. Yo sabía cómo llamar la atención en mi casa
y cómo demostrar mi disgusto sin ser ruda. Así que esa noche, después de la playa y

después de que compraran comida y la sirvieran en la mesa, me decidí a no probar
bocado. Dije que me dolía mucho la panza o algo por el estilo y me quedé mirando
complacidamente cómo todos engullían comida mientras a mí se me escapaba una
sonrisita por el costado izquierdo de mis labios.
Al mediodía siguiente nos sentamos a la mesa nuevamente para comer antes de
ir a la playa. Pero antes mi mamá trajo cuatro bolsas y nos dijo alegremente: ¡vinieron
los reyes magos! Era 6 de enero y mi mamá nos compró el mismo regalo a mi prima y a
mí. Eran unos pijamas, el de Déborah era rosa y el mío celeste. Me molestó un poco que
no haya diferencias. Es decir, el día que me case no le voy a regalar lo mismo a mi hija
que a la sobrina de mi marido. No dije nada, pero odié ese pijama y no estoy segura de
haberlo usado alguna vez. Nos sentamos a la mesa y aunque estaba sufriendo el hambre
de no haber cenado no podía darme el lujo de complacer a mi familia, así que dije que
tampoco iba a comer. Mis viejos se enojaron lo suficiente como para que yo me sirviera,
con cara de asco, cuatro arvejas y una hoja de lechuga. ¿Está de más decir que seguí con
ese comportamiento durante los quince días de mi estadía en ese país? Hice que mis
viejos sufrieran esas vacaciones, porque en realidad mi prima ni se había enterado. Y lo
cierto es que yo no estaba enojada con mi prima, para nada. Odiaba a mis viejos por
haberme hecho eso. ¿Haberme hecho qué? No sé. Pero de Uruguay volví lo
suficientemente más delgada como para pensar que quizás detrás de toda esa capa de
grasa y palidez existía una chica hermosa. Y de hecho, fue el momento de descubrirme.
Sospecho que a los trece años todas las chicas empiezan a modificarse en
carácter y físicamente pero lo mío fue como una transformación digna de un reality
show. En Punta del Este mi cerebro se dio cuenta de que era mucho más fácil castigar al
cuerpo. Así, después de días sin comer, días de caras oscuras, de padres enojadísimos,
de primas y hermanos desentendidos, contraje alguna enfermedad de la cual nunca supe

ni el porqué, ni el cuándo ni nada que se le asemeje. ¿Qué tuve? No sé. Sencillamente
una mañana me desperté sintiéndome muy mal y con picazón en las piernas. Con el
correr de las horas cambiaron de color: mis piernas se estaban poniendo rosas, más tarde
coloradas y al final del día parecían bañadas en sangre. Era un ardor incomodísimo y no
paré de rascarme intentando aliviar el dolor. Empecé a sentirme mal, con dolor de
cabeza, con calor y frío a la vez… un cuadro desagradable. Mi papá tenía un amigo
médico en esa ciudad así que fui a verlo. Carlitos, quien se convirtió en mi médico.
Carlitos es pediatra y sin embargo aún hoy sigo acudiendo a él. ¿Será porque mis viejos
quieren que sea una nena eternamente? ¿O porque es amigo de papá? Cosas que nunca
pregunté. Interrogantes que aparecen de vez en cuando.
Carlitos me dijo que tenía alergia. Pero no pudo determinar a qué. No encontró
ninguna picadura ni nada extraño. Más tarde entenderíamos que había sido nada.
Absolutamente nada (físico). Era algo exclusivamente mental. Escucharon hablar de las
enfermedades o reacciones psicosomáticas? He aquí el más claro caso de la historia de
mi vida.
Claramente no soportaba la estadía de mi prima, no resistía las caras de mis
padres, no toleraba la playa, detestaba punta del este, condenaba a Carlitos y por sobre
todas las cosas detestaba el hecho de haber podido ser flaca durante mucho tiempo y
haberme quedado sentadísima en el trono oficial de la Gorda Rechazada sólo por
elección. Ese verano del 98 volví a casa con la determinación de cambiar mi vida. Me
puse a hacer natación ferozmente y a comer muchísimo menos.
Había tenido principios de anorexia pero en aquel momento todos entendimos o
quisimos entender que simplemente era un berrinche adolescente. De hecho, esa versión
de la realidad hubiera sido mucho más placentera. Cuando volví a mi ciudad mis padres
estaban lo suficientemente enojados conmigo como para ponerme en penitencia o algo

por el estilo. Pero como amigas no tenía y el teléfono de mi casa no sonaba, no había
nada que me pudieran quitar.
El verano continuó y las aguas se calmaban. Pero no para mí, que tenía que
volver al colegio. Aquel segundo colegio, el de guardapolvos y cartucheras. Me había
dejado el pelo largo, morocho, lacio y gracias a la natación y al pequeño episodio del
verano pesaba casi 9 kilos menos. Empecé a usar los jeans de mi mamá, cosa que jamás
hubiera pensado antes. Su ropa me quedaba bien. Casi sin querer estaba compartiendo
los mismos talles con mi ella.
Cuando volví al colegio, puede decirse que era otra persona. Las personas que
antes no sabían que yo existía ahora me miraban, se daban cuenta de mi existencia. Ya
dar por enterada a la gente de que respiras es un logro. No solamente me sentía viva,
también me empecé a ver linda. Así, empecé a disfrutar de los beneficios de ser
agraciada. Me pedían mi teléfono las mujeres y me miraban los hombres. Así, empecé a
recibir llamadas de compañeras del colegio y a juntarme con el grupo más popular. Yo
estaba con el grupo; es decir, no dentro del grupo, pero al menos asistía a sus reuniones.
Dejé de lado a mis “amigas” las fracasadas del colegio y me sumergí en la
superficialidad de la adolescente de colegio privado. Compraba jeans carísimos y
empecé a vestirme para que me miren, no más para esconderme. Para mis adentros
pensaba: si me vieran mis compañeros del primer colegio se asombrarían. ¡Cómo
cambia la gente! ¿No Enrique?
Mi papá me compró una computadora pero no teníamos Internet. Empecé a
utilizar el Word para escribir mis cosas al mejor estilo “diario íntimo”. Mi primera PC
fue una IBM con menos capacidad que el Ipod que tengo en este momento en las orejas.
Pero servía, aunque fuera solo para aprender lo que era un teclado (sobretodo porque
Rocío ya había terminado su curso de mecanografía).

Dos años después ya era una superficial más. Me juntaba todas las tardes en la
misma esquina con mis compañeras del colegio para que nos miren, para ser admiradas.
Por fin estaba saboreando un poco de victoria. Y era dulce, casi sin calorías. Perfecta.
Es sabido que cuando uno siente que las cosas no pueden ser mejor o que por lo
menos está viviendo un estúpido y frágil equilibrio vital, las mismas tienden a
desmoronarse casi instantáneamente. Es así, una regla vital, una estúpida consecuencia
de la conciencia. Porque quizás uno al pensarlo se está llenando de miedo la vida y se
está abriendo al mismo tiempo a las malas vibras. Tengo la alucinación de que cuando
uno es ignorante de su propia felicidad puede conservarla mucho más tiempo y en mejor
estado.
Yo era más que consciente de mi estado de belleza, o al menos creía que estaba
fortísima como un rinoceronte asiático. Me tropezaba con las personas y hacía que me
pidieran perdón. Era toda una ficción de bajo presupuesto, porque en realidad mi meta
era no ser la gorda perdedora que se transformó en una belleza pura y encantadora. No.
Nunca jamás. Además, nunca creí que mi estado era éxito de mi propio esfuerzo. No.
Fue un capricho y dio resultados positivos, lo cual me deja ganancia superflua y
escurridiza. No lo gané con esfuerzo. No servía de mucho, necesitaba exprimirme y
beberme el lucro instantáneamente. Embriagarme de belleza.
Pero como dije, regodearme en mi estúpida y fácilmente conseguida felicidad no
me trajo más que malas noticias. Apareció mamá un día y me dijo que habían abierto un
colegio nuevo cerca de casa. Enough already! ¿No saben los padres que los cambios
bruscos o reiterados en cualquier orden de la vida a esa edad pueden provocar daño
cerebral permanente? O algo parecido. Pero, de todas maneras, era una locura
cambiarme de nuevo de colegio. Nunca hubo un peor momento para pensar en eso: es
decir, tenía “amigas”, tenía súbditos, tenía buenas notas en el colegio, hacía todos los

deportes y Rocío no era más que un palito sin femeneidad. Es decir, ¡había ganado! No
podían hacerme eso.
No solamente podían si no que lo hicieron. Se inauguró un colegio bilingüe y
muy exclusivo cerca de donde vivía yo en ese momento, así que no podía dejar de ir. Yo
por un lado quería pertenecer a la creme pero odiaba tener que rearmar un grupo del
cual ser líder. Porque eso era lo único que sabía hacer: dar órdenes y amontonar
súbditos. Más tarde varias personas me llamarían “manipuladora”, pero todavía es
temprano para eso.

II. EVERYBODY CHANGES.


EVERY BODY CHANGES, NOT SKINNY ENOUGH

Sí, ese es mi nombre. Cielo. Poco común, pero claro: no podía llamarme de otra
manera. Era previsible que mi nombre no podía ser común, tenía que ser especial. A
veces me pregunto si me castigaron por toda mi vida mis viejos al darme ese nombre.
Quizás si me hubiera llamado Florencia o Marta no me hubieran sucedido mitad de las
cosas que me tocó vivir, sufrir, negar, experimentar, etc. Así que mi nombre es especial,
como yo (según mis padres). Sí, ahora tengo amigas (y de las mejores) pero ellas no
creen que sea especial, simplemente que estoy loca. “Una loca linda” como está de
moda catalogar a los retorcidos mentales para que no se violenten. Y no es que yo crea
que soy una retorcida. Sí, a decir verdad creo que soy una retorcida, pero concuerdo con
mis amigas: no puedo hacerle daño a nadie. Solamente a mi misma o a otros por medio
de mí. Llegó una época en mi vida cuando en vez de enojarme con alguien me castigaba
a mi misma para afectar a ese otro alguien. Pero eso viene más tarde. Sostengo que
todavía es temprano.
Después de las experiencias de mi primer colegio mis viejos decidieron
mandarme a otro. El segundo colegio al que fui lucía mucho más como un colegio
normal que el anterior. Los alumnos llevaban guardapolvos blancos y se sentaban en los
famosos “bancos” o “pupitres” de los que tanto había oído hablar pero nunca había
visto. Vale aclarar que en el Pedagógico (mi primer colegio) nos sentábamos en
alfombras y en posición “chinito” haciendo una ronda. Escribíamos en el piso y no
teníamos pertenencias. Era el comunismo hecho colegio. Nunca te enterabas si tu
compañerito tenía plata o no porque no lo veías vestido de ninguna manera. Usábamos

“pintores”: una suerte de guardapolvo pero que te mandaban a hacer (a tu mamá, claro)
del cual podías elegir el estampado o el escocés que querías llevar todo el año. Una
porquería. Como decía, ni siquiera nos dejaban llevar pulseras o relojes. “No todos los
chicos pueden comprar relojes o pulseras así que ninguno de ustedes debe traerlos al
colegio”. Esa fue la manera que encontraron las maestras de adueñarse de pulserita o
reloj que veían brillando en el recreo. Se quedaban con todo (supongo que como
“castigo por haber roto las reglas”). Una gansada, como todo lo de ese colegio. No
usábamos porta-útiles o cartucheras, simplemente había una caja de madera con lápices
con el nombre de cada alumno. Y cuatro gomas de borrar. Tampoco había lapiceras, ni
exámenes, ni boletines, ni nada. Era absolutamente cualquier cosa. Y a mí me molestaba
mi prima que se quedaba siempre con la goma de borrar en la mano. Sobretodo porque
yo era básicamente mala en matemáticas y tenía que borrar todo el tiempo. Nunca me
gustó eso del comunismo. ¿Todo para todos? Siempre hay algún vivo que se apropia de
lo que es de todos. Mejor me compro mi propia goma de borrar y problema
solucionado. Nunca lo hice, ahora que lo menciono. Porque nunca rompía las malditas
reglas del colegio. Y nunca faltaba, porque mi mamá no me dejaba y más porque
cuando faltaba al colegio me aburría. Claro: no tenía amigas, ¿qué iba a hacer en mi
casa todo el día? Comer y mirar televisión, ¡qué pregunta!
Entonces me sacaron de ese colegio donde me hicieron leer “El clan del oso
cavernario” a los diez años (y créanme, tiene partes lo suficientemente subidas de tono
para considerarlas material inapropiado para alumnos de diez años) y me cambiaron al
Estrada. Un colegio “normal”, con compañeros normales y hasta quizás más crueles que
los del pedagógico. Porque peor que hablen mal de uno es que ni siquiera lo miren o
noten su presencia. En eso me convertí yo: en la gorda que va al colegio privado y cheto
de la ciudad. Eso suponía:

a) que no iba a tener amigas o
b) que mis amigas iban a ser tan fracasadas o más que yo
Ninguna de las opciones me parecía viable pero simplemente caí en ese colegio
desprevenida. Ah, ahora que recuerdo: Rocío. ¿Nunca odiaron y admiraron a alguien a
la vez? Sí, probablemente a sus padres, pero me refiero a un par: un compañero de
colegio, de trabajo, de algo. A mí me pasó, más de una vez y es el momento de hablar
de Rocío y más indirectamente de mi madre.
Mi mamá siempre quiso que yo sea un diez. Es decir, un palo y un cero al lado.
Siempre fui un cero, bien redondo y gordo.. Y tiempo después me enteré de la
existencia de “los diez”. Una pareja amiga de mis viejos que eran diez, en puntaje,
claro. Eran cinco pero los escuchabas hablar de sus habilidades y te sentías miserable en
menos de dos palabras. Jugaban tenis, golf, básquet, nadaban, eran perfectos alumnos,
arquitectos, hablaban perfectísimo inglés, hacían viajes por todo el mundo, eran
extremadamente independientes no solo económicamente sino en todo sentido de la
palabra. Eran 10. Así de fácil.
Tuve la maldita suerte de que la amiga perfecta de mamá tenga una hija de mi
exacta edad pero abismalmente diferente. Rocío. Ella no tocaba piano pero hacía todo lo
demás, imaginen cualquier cosa posible: Rocío lo hacía. El panorama se me complicó
un poco cuando empecé a escuchar a mamá diciendo periódicamente que algún hijo
perfecto de su amiga había recibido algún estúpido premio. Básicamente me empezó a
molestar la repetición en serie de comentarios edulcorados hacia Rocío, o cualquiera de
sus familiares. Como ella estudiaba inglés, mi mamá me mandó a estudiar inglés. Como
ella bailaba danzas contemporáneas yo empecé a hacerlo. Y así seguía como un

detective frustrado las huellas de Rocío. O mejor: cumplía los caprichos de mi madre.
Quizás mamá pensó que se iba a parecer a su amiga si yo me parecía a su hija. No sé.
Gracias a Rocío mis habilidades eran innumerables: natación, danzas de todo
tipo ¡¡¡patinaje artístico!!! Destreza, patinaje sobre hielo, estudiante de inglés… argh…
era una vulgar fotocopia de mi amiga y compañera del colegio: porque mamá me
cambió al Estrada porque Rocío iba al Estrada.
Y ahí quería llegar. Ah, olvidé mencionar que mientras yo pesaba 64
kilogramos, Rocío no pasaba los 39. Pero claro “tienen contexturas diferentes”. Si la
vieran (la sigo viendo) sabrían de lo que estoy hablando. Tiene el cuerpo que toda mujer
quisiera, creo. Dura y blanca y con una cara preciosa y flaca y asquerosamente perfecta.
Y es buena mina. Para odiarla, ¿no? En fin.
Así que empecé en el Estrada. El primer día de clases de guardapolvo blanco y
cartuchera propia había llegado. Y fue un fiasco. Se compartían los bancos y no tenía
con quién sentarme. Rocío me había dejado absolutamente sola y claro, yo también me
hubiera dejado sola. Pero no volví llorando a casa, estaba más que acostumbrada a la
soledad… y de hecho la disfrutaba. Nunca había tenido amigas, no porque me costara
relacionarme, sino porque no sabía lo que significaba eso ni cómo hacerlo. No se puede
extrañar algo que nunca se tuvo y yo jamás había tenido amigas ni relaciones de ningún
tipo con chicos/as de mi edad. Así que simplemente me sentía en una obra de teatro
donde los actores eran los mismos y las situaciones similares; donde lo único que
cambiaba era el decorado. En vez de sentarme en alfombras ahora me dolía la cola
contra una silla dura y apoyaba mi carpeta en un banco atestado de frases escritas con
liquid-paper. Y ahora en lugar de cortar pasto en el enorme bosque del pedagógico
tendría que contar baldosas en un típico patio de dos por tres metros cuadrados. Una
delicia.

Pero a medida que pasó el tiempo me fui acostumbrando a lo “normal” y empecé
a despreciar lo “especial” que antes apreciaba tanto. Empecé a tener tarea, deberes,
profesoras como en la televisión, compañeros de guardapolvos blancos, recreo con
timbre en lugar de campana y hasta un kiosko. Cosas que hasta ese momento eran
impensables para mí dentro de un colegio.
Y aunque muchas cosas habían cambiado a mi alrededor, yo seguía siendo la
misma. La gorda, aunque esta vez no era la única. Y no era la única nueva. Así que me
empecé a juntar con una bandita de fracasadas, esas que no tenían amigas (justo como
yo).
Corría 1997 y mi teléfono empezaba a sonar. En vez de leer libros por placer
comenzaba a hacerlo por deber. Las cosas seguían cambiando y yo estaba cambiando.
De repente la solitaria persona que yo era fue desapareciendo y apareció el vestigio de
lo que soy hoy, pero una versión extra-large. La personalidad se estaba forjando pero
todavía quedaba un larguísimo tramo hasta la constitución de la serpiente en que me
convertí..